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El País del Fuego: Presentación

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domingo, 30 de diciembre de 2018

Reseña: Sin destino - Imre Kertész



Ficha técnica


Título: Sin destino (Sorstalanság)
Autor: Imre Kertész (Budapest, 9 de noviembre de 1929 - Budapest, 31 de marzo de 2016)
Editorial: Acantilado. Serie: Narrativa
Fecha de publicación: 2001
Idioma original: Húngaro. Primera publicación: 1973
Páginas: 264

Sinopsis


En el verano de 1944, a solo un año de acabar la Segunda Guerra Mundial, un adolescente judío de Budapest tiene que despedir a su padre que acaba de ser asignado a «trabajos obligatorios». Días después le pasa lo mismo a él, siendo obligado a trabajar con otros muchachos de su edad en la reconstrucción de una fábrica que resultó dañada por los bombardeos aéreos. Pero un día, de camino al trabajo, todos los judíos son obligados a descender de sus medios de transporte, luego de lo cual son «reclutados» o, mejor, arrestados sin ninguna explicación clara por parte de las autoridades. Tras unos cuantos días les ofrecieron la oportunidad de trabajar en mejores condiciones en Alemania, lo que muchos aceptaron gustosamente… pero en realidad los deportaron a Auschwitz.

Lema en la entrada del campo de concentración en Auschwitz. Arbeit Macht Frei: El trabajo libera o El trabajo os hará libres.

Allí los recién llegados, incluyendo a György, el protagonista, se enfrentan a la incertidumbre y al desconcierto cuando son despojados de sus ropas, sus cabellos y su identidad. Los dividen entre los que pueden seguir vivos porque tienen fuerza suficiente para trabajar y los que a causa de su edad o su sexo son inútiles y deben ser exterminados.

Desde entonces György se convierte en un atento espectador que relata lo que acontece, permitiendo descubrir cómo es posible afrontar una situación extrema con tranquilidad y paciencia, mostrando siempre la mayor dignidad posible. Afortunadamente no tiene que quedarse mucho tiempo en el campo de exterminio, pues es trasladado dos veces a otros campos de concentración para cumplir con los trabajos obligatorios, donde sus impresiones se agudizan y se vuelven paulatinamente más reflexivas.

Aunque el trabajo resulta duro y tortuoso, tiene oportunidad de descubrir que el dolor físico, que todos experimentan forzosamente en un campo de concentración, puede ser anulado mediante la imaginación, lo que le ayuda un tiempo a liberarse de sus pesares. No obstante, la rutina agobiante, el trabajo duro y la alimentación precaria terminan por hacer que su cuerpo lo vaya abandonado poco a poco, hasta que cae gravemente enfermo y renuncia por un momento al deseo de vivir… Como ya lo sabía por lo que le habían contado estando en Auschwitz, todos los que no pueden trabajar son exterminados en las cámaras de gas o en hornos crematorios, así que termina por hacerse a la idea de que a él le pasará lo mismo.  

Sorprendentemente, en vez de ser exterminado es llevado a un hospital para prisioneros, donde empieza un lento proceso de recuperación. Allí tiene tiempo para agudizar más sus reflexiones y darse cuenta con más sensatez de su propia condición. Luego es trasladado a otro hospital en otro campo de concentración, donde lo tratan sorprendentemente bien, hasta el punto de sospechar que lo están preparando para un macabro experimento. Sin embargo, sus sospechas resultan infundadas, y no tiene que pasar mucho más en su estado de zozobra, pues ya llega el verano de 1945, cuando los ejércitos aliados toman por fin las posiciones alemanas en los campos de concentración y liberan a todos los prisioneros.



Lectura de un fragmento de Sin destino en el original húngaro. Referencia a la película del libro realizada en 2005 por el director de cine húngaro Lajos Koltai.

Valoración


Cuando supe de qué trataba el libro lo primero que pensé fue: «otro más sobre el Holocausto». De manera que al leerlo fui descubriendo gratamente que en realidad no se trataba de otra más de las típicas producciones de la morbosa propaganda antinazi, sino del relato fidedigno de una víctima que sorprendentemente no se considera tal, ni escribe para satisfacer un deseo de venganza, sino, supongo, por el deseo de sanar; de compartir con los demás esas experiencias tan intensas que solo pueden ser expresadas a través del arte puro de la palabra.

Antes y ahora. Izquierda: Imre Kertész ingresado a un campo de concentración a la edad de 14 años. 

De acuerdo con esto, la narración está marcada por un proceso de madurez progresivo. Al principio vemos a un adolescente que asiste a los eventos casi sin interés, como viéndolos desde lejos, pero paulatinamente se ve implicado de manera más activa, hasta que adquiere plena conciencia de que está representando un papel desconocido en una obra desconocida y absurda. Al final de su experiencia logra tener claridad sobre algunas cuestiones importantes para explicar el Holocausto, como el sentido que tenía entonces ser judío: llega a la conclusión, bastante sorprendente y alarmante para los otros miembros de su raza que habían tenido que vivir también experiencias dramáticas, de que ser judío no significa absolutamente nada.

Antes de que fuera enviado a los campos de concentración se había atrevido a explicarle a una muchacha judía que el hecho de que los demás los odiaran no era nada personal; no los odiaban a ellos como tal, sino a la mera idea de que eran judíos.  Todavía más impactante es que, estando ya en los campos de concentración, llega a confirmar lo que, según él, muchos pensaban en Budapest sobre sus principales victimarios, los alemanes: no eran personas malas ni crueles, sino personas trabajadoras a las que les gustaban el orden y la disciplina y apreciaban esas cualidades en los demás.

No obstante, es pertinente ser crítico acerca del valor del libro dentro de la tradición literaria de Occidente. El autor ha sido muy bien valorado por los lectores y los críticos, por lo que se le otorgó en 2002 el Premio Nobel de Literatura. Lo problemático del asunto es el hecho de que la Academia, y muchos lectores y críticos en general, se ha empeñado en premiar desde hace años a los autores cuyas experiencias están relacionadas siempre con la guerra. Esta impresión la confirmé claramente en 2015 cuando se le otorgó el Nobel a Svetlana Alexeivich, cuyo trabajo ha girado siempre en torno a la guerra y la catástrofe nuclear.

Por supuesto no desconozco el mérito literario que pueden tener las obras de escritores como Kertész o Alexeivich, porque realmente logran plasmar cierta parte de la esencia del dolor humano, pero creo que son constantemente sobrevaloradas y puestas en el pedestal de la opinión pública debido a la fascinación morbosa que todos sentimos por la guerra. Esta fascinación ha sido la que ha marcado la tradición literaria más comercial en Europa durante la segunda mitad del siglo XX; para confirmarlo basta ver –además de la lista de los Nobel– que en España, un país que tiene una de las industrias editoriales más grandes de Europa y del mundo, los principales premios de literatura –el Premio Nadal, el Premio Planeta de Novela, el Premio Nacional de las Letras Españolas– se han otorgado en gran número a los escritores que relatan las experiencias de la Guerra Civil.











Artículo sobre la Guerra Civil Española en la literatura: https://www.lahistoriaenmislibros.com/la-guerra-civil-espanola-en-la-literatura/

A pesar de todo, concluyo reafirmando el valor individual que tuvo para mí Sin destino por haberme permitido adentrarme en la consciencia de un superviviente. Además, el relato permite desarrollar empatía con todo el género humano –que padece el flagelo de la guerra por igual–, no solo con las víctimas y los vencedores. Así pues, recomiendo su lectura porque la narración es certera, pero, ante todo, porque está exenta de los manierismos típicos de aquellas otras obras del montón que, cuando se trata de la guerra, solo sirven como herramientas para que los vencedores satanicen una y otra vez a sus enemigos históricos.

“La esencia de mi obra consiste en trasladar lo ocurrido a una dimensión espiritual. Que quede en la conciencia, aunque ahora lo veo con menos optimismo que hace unos años. El Holocausto es el hundimiento universal de todos los valores de la civilización y una sociedad no puede permitir que se repita, que vuelva a presentarse una situación parecida. Pero la crisis económica, una crisis parecida a la que hoy arrastra el mundo, dio pie a la llegada de Hitler al poder. Por tanto deberían sonar todas las alarmas. Pero no suenan. Lo cual quiere decir que aquella aberración no está presente en la conciencia de los políticos europeos”


El País del Fuego: Presentación


Muerte y fuego (1940) - Paul Klee

La idea para este espacio, en el cual quiero compartir parte de mis gustos más íntimos en el arte y la literatura, nació hace años con un blog ya cerrado que se llamaba Paideia Poiética. El nombre y la orientación del blog se me ocurrieron a partir de la lectura de un estudio sobre cultura clásica titulado Paideia: Los ideales de la cultura griega, del filólogo alemán Werner Jaeger (1888 – 1961). En este libro se explica que los antiguos griegos creían en un ideal de perfeccionamiento del ser humano a través de las artes y la cultura cívica, representado por la palabra παιδεία, que hace referencia a una forma muy especial de educación, en la cual se debía preparar a cada individuo de la ciudad desde la más temprana edad para que alcanzara la excelencia y la virtud (ἀρετή, ‘areté’).

El significado de la paideia puede tener mucho valor para nosotros hoy. En principio, el concepto comparte su raíz con las palabras griegas παῖς (‘país’) y παιδίον (‘paidíon’) que significan niño, niña y se relaciona estrechamente con la pedagogía; el arte de educar.  Digo que la paideia puede tener mucho valor actualmente porque se trata de un ideal de educación que no está puesto al servicio de intereses mezquinos. La educación hoy es vista de una forma precaria; parece que todo el sistema está construido para brindar una instrucción escasa en conocimientos aplicados que le permitan a una persona cualquiera, a través de un trabajo insípido y aburrido, insertarse como un engranaje en una máquina gigante que es la sociedad, que lo usa años y años hasta dejarlo desgastado y desecharlo por obsoleto. Es como la idea de la obsolescencia programada de los productos en el mercado (todo lo hacen para que dure cada vez menos y el consumo tenga que ser mayor), sólo que aplicada también a las personas. La sociedad nos exige cada vez más y nos retribuye con cada vez menos. En eso se ha convertido la educación: en mera preparación para perder la vida en tareas que no le permiten realizarse a uno personalmente.

De esta angustia frente a la educación nació la segunda parte del nombre de aquel blog: la poiesis (ποίησις). Se trata de un concepto griego que se puede traducir como creación (siendo muy laxos con la etimología; los puristas sabrán perdonarme). En sentido amplio, lo entiendo como un impulso creador que tiene el espíritu humano y que lo lleva a las formas más elevadas del arte y la cultura. De allí se deriva también la palabra poesía. Lo tomé para el nombre del blog inspirado en la metáfora de las tres transformaciones del espíritu en Así habló Zaratustra: el camello (cuando el espíritu es esclavo de la moral y la tradición), el león (cuando el espíritu rechaza la carga de la moral y empieza a luchar por su libertad) y el niño (cuando ya el espíritu es libre y se puede dar el lujo de crear valores nuevos propios a través del juego). El ideal de la poiesis representa precisamente el estado más elevado del espíritu humano, en el cual uno vuelve a ser como niño y se permite dudar de todo lo que le han enseñado, de los valores que le han inculcado, de la sumisión aprendida a través del miedo, y se regocija en la creación libre y arbitraria de valores nuevos, con el único propósito de divertirse y vivir de verdad.

La unión de la paideia y la poiesis dan como resultado el ideal que inspira este blog: hay que vivir educándose a sí mismo para ser libre, para llegar a ser como un niño otra vez, jugando y creando valores libremente. Ese debe ser el único objetivo de toda forma de educación. No se puede reducir a la acumulación mecánica de saberes útiles para la organización social del trabajo, pero inútiles para el espíritu. En un espacio como este, teniendo la vastísima red de información que poseemos en el siglo XXI, uno debe ser libre para apreciar y adueñarse de la cultura y transformarla en valores propios. Eso incluye la literatura, la música, el arte; buscar y rebuscar hasta descubrir esas joyas de la creación, esas rarezas que no se aprecian ya, o esas obras de culto que uno no se cansa de apreciar y a las cuales siempre se les pueden encontrar nuevas interpretaciones. Esa es la paideia poiética que inspira este espacio; un juego de creación y asociaciones libres entre las artes.

El nuevo título, El País del Fuego, es un juego de palabras en el cual quise conservar el sentido original de Paideia Poiética. La palabra país, que significaba niño en el griego clásico, la usamos hoy para referirnos a una forma de organización social y política. La mutación de este concepto es sin duda impresionante, pero en el fondo se conserva siempre el sentido original: un país es siempre un niño, es decir, un proyecto, una semilla, una posibilidad de llegar a ser a través del esfuerzo individual y colectivo de la educación y la creación; una vez más, la unión de la paideia y la poiesis. Así es como la palabra país se une a la palabra fuego, que escogí por su rima con la palabra juego (como actividad que nos representa la niñez) y por ser un símbolo de la iluminación y la creación del espíritu humano, como en el viejo mito de Prometeo. El fuego simboliza la fuerza de la poiesis, que debe alentar la vida de todos los niños, de todo el país. El País del Fuego es un niño que juega libremente; es una sociedad que se permite ser como un niño otra vez.